Skating wrong. But still skating.
Los días de vacaciones se han acabado para la mayoría de las personas (otros seguirán huevoneando en estos días: qué chingón por ellos). En los últimos días me dediqué a (re)visitar muchos y diversos espacios de la ciudad. Realicé un curioso recorrido por muchas y diversas etapas de mi vida: pasando desde mi más lejana infancia hasta ciertos puntos de la carrera universitaria. Varios días vi, una y otra vez, a güeyes patinando en diversos spots de la ciudad. La primera vez que tuve una patineta fue durante mi estancia en otro país, cuando tenía 9 años (ya antes había patinado, pero nunca había tenido una patineta mía). Fue una Santa Cruz verde. Vivía maravillado con la tabla y con el nombre de la marca. Durante un buen tiempo me dediqué a sólo pendejear sobre la tabla... y no más. Y en realidad nunca pasé de allí. Sí, llegué a hacer uno que otro truco y llegaron a decirme que podría hacerlo decente y que aprendía rápido. Sin embargo, mis compromisos con otras actividades deportivas me hacían tener siempre como subtexto la idea de fracturarme algo y que no podría seguir con mis otras responsabilidades y gustos deportivos. Bah... puras patrañas. Es una pendejada cuando ponemos como pretexto "algo" para no hacer otra cosa, y de todos modos termina pasándonos aquello que no queríamos que nos pasara: terminé cayéndome de un pesero cuando iba -como siempre- tarde hacia mi prepa, el resultado: la temida "fractura" (una pendejada extraña que tenía que ver con el cartílago y no propiamente con hueso). En los últimos días ha resurgido el ánimo de ir a comprarme una pinche patineta y ponerme a pendejear en la calle con ella como cuando era un niño y adolescente. Tardes en las que me llenaba de sudor, de putazos en las espinillas y en otras partes del cuerpo, mientras observaba con gusto cómo el sol iba poniéndose al compás de las pocas cosas que hacía sobre la tabla.